Las promesas incumplidas al Cauca y El milenario abandono

Han pasado 20 años desde cuando empezaron las protestas fuertes de los indígenas caucanos y a ellos se les sumaron los campesino, los camioneros, los comerciantes y todas las personas que ven como cada vez son muchos los mandos medios que llegan, firman acuerdos que nunca se cumplen y que le dan largas a cuanto reclamo, justo o no, se realiza en la protesta que siempre consiste en el bloqueo de la vía Panamericana, que es la única alternativa que tienen para presionar al Gobierno central para que les haga caso.

El Cauca es un departamento que lo ha tenido todo, pero que no ha conseguido nada. Desde la colonia se asentó una masa pudientes que relegó a los indígenas, los arrinconó y los despojó de todo, para afianzar su riqueza y su linaje, pero nunca trabajaron para ser un departamento prospero, con una economía dinámica y posicionada, sino que se dedicaron a dejar pasar el tiempo, encumbrados en dudosos abolengos que ahora dan como resultado que esta sea una de las regiones más atrasadas de Colombia.
Es el tercer departamento con mayor cantidad de hectáreas sembradas de coca. Es una región dominada por todo tipo de intereses criminales porque es una autopista del narcotráfico hacia el mar, por donde circulan, se negocian y confluyen todos los males de Colombia.
Uno de ellos, es el de los políticos regionales que no han sido capaces de darles soluciones reales a sus habitantes y el desobligante abandono del Gobierno central que, en cada protesta, paro o bloqueo de la Panamericana, llega, promete, firma, se va e incumple.
En una mesa de diálogos que adelantó conversaciones con los campesinos de la ANUC y de mano del mismo gobernador del Cauca, se hizo un llamado al gobierno de Iván Duque para que intervenga en las conversaciones y ofrezca respuestas inmediatas y soluciones certeras a las demandas de las comunidades indígenas.
¿Qué puede hacer el presidente Duque con un problema milenario que nadie ha podido ni ha querido resolver? Deberá llegar él a la región, constatar de primera mano los problemas, escuchar a la comunidad, empaparse, in situ, de la realidad de una comunidad abandonada por todos y empezar  a planear soluciones a corto plazo y planes de choque que ofrezcan soluciones escalonadas, pero con la certeza de que no sean sólo placebos para una herida que cada está más abierta.
El departamento del Cauca necesita atención urgente antes que todo se desborde y se salga de control. Hay que actuar de forma inmediata, pero no con desaguisados como “ese tal paro no existe” del expresidente Juan Manuel Santos, o el insultante de la senadora Paloma Valencia que insinuó que a los caucanos deberían dividirlos en dos clases, la de los indígenas claritos y la de los indígenas más oscuritos, o algo así, para tenerlos contentos.
No. El Cauca tiene que ser integrado al contexto nacional para que esos acuerdo que se incumplen luego de cada firma de legajos inservibles, se conviertan en hechos tangibles porque las protestas se han prolongado durante tantos años y los Gobiernos centrales, de turno han sido indolentes ante los reclamos.
El presidente Iván Duque Márquez tiene al frente una oportunidad histórica de salirse de ese círculo vicioso de enviar emisarios sin poder ni decisión y posicionarse en el lugar de las necesidades porque, como él lo sabe de sobra, una cosa es gobernar desde Bogotá en donde todo llega por teléfono roto y otra es untarse de pueblo en el mismo sitio de los acontecimientos para poder ofrecer certezas y no legajos que contienen promesas que se asesinan al momento de la firma.

Se pregona que Colombia es un país equitativo e incluyente, pero la misma dinámica de la historia hizo que se divida en territorios ricos, otros pocos son pudientes, la inmensa mayoría pobres y otros cuantos están olvidados y esa nula la acción de los gobernantes, nacionales y locales, para recortar esas brechas segregantes y hacer de este territorio una Nación cuyas ejecuciones en favor de sus habitantes estén acordes con lo que se pregona, puede convertirse en una bomba de tiempo, porque la paciencia tiene un límite.

Enrique Narváez Benítez