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Al presidente Iván Duque le tocó bailar con la más fea y aún le falta beber el trago amargo de entregarle el mando a Petro Urrego

Probablemente, en ese momento, recordará a Rafael Caldera, entregándole el poder a Hugo Chávez, en Venezuela, y a Eduardo Frei, haciendo lo propio con Salvador Allende, en Chile; sintiendo que empiezan a perderse la libertad y la democracia y que el país se precipita en un período de caos económico y sufrimiento humano.

Aunque tiene su parte, es injusto hacer recaer en el gobierno de Duque la responsabilidad exclusiva de la marcha hacia el socialismo emprendida por Colombia y de la cual la elección de Petro Urrego es el episodio culminante. Se trata de un proceso cuyas causas se extienden en el tiempo y el espacio.

El colapso del “socialismo real” y el mentís histórico a la teoría de la explotación y el empobrecimiento generalizado llevaron a la mutación de la ideología socialista en igualitarismo, ambientalismo y etnicismo. Dejó de hablarse de socialismo y llegó en su lugar el progresismo, término del agrado de la intelectualidad sensible, la burguesía con mala conciencia, la academia biempensante, la burocracia de las organizaciones internacionales y los políticos intervencionistas de todos los partidos que encontraban la justificación de sus actuaciones. Esto sucedió después del breve resurgimiento del liberalismo con Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Duque pasó los años más importantes para la formación del intelecto y el carácter en el Banco Interamericano de Desarrollo, cuando en esa institución se respiraba progresismo en todas sus manifestaciones y por todos los poros. De hecho, el BID no ha sido nunca especialmente liberal, pues en su esencia es estatista: impulsar el desarrollo desde los gobiernos.

No sorprende que, en su discurso de instalación del Congreso, Duque haya tratado de mostrarse más transicionista energético y más igualitarista educativo que Petro Urrego, exhibiendo como grandes logros los proyectos de energías renovables, que elevan los costos de generación y reducen la firmeza y confiabilidad del suministro, y la inequitativa y regresiva matrícula universitaria gratuita, concesión otorgada a un grupo de presión minoritario, agresivo y ruidoso.

Duque en nada se diferencia de la mayoría de los políticos que abrazan clamorosos el asistencialismo estatal venga de donde venga o, como le gusta a él decir, ni derecha ni izquierda. No extraña que los partidos con los que gobernó, excepción hecha del Centro Democrático, conformen la aplastante mayoría del nuevo gobierno.

El asistencialismo conduce a la creación de una masa electoral dependiente de los subsidios y el empleo público que solo aspira a perpetuarse en esa condición y vota por los políticos que le ofrecen la mejor garantía de hacerlo. La competencia electoral asistencialista conduce inexorablemente a la ampliación de poder fiscal del gobierno y, por ese camino, a la socialización forzosa de los resultados de la producción y al colapso de la democracia y la libertad. Hasta luego, Iván Duque; malvenido, Petro Urrego

Columnista Invitado:

LUIS GUILLERMO VÉLEZ ÁLVAREZ

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