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Ni se llamaba Isabel, ni nació en Buckingham, ni nació como heredera al trono de Inglaterra enterate de algo mas de la Isabel II

Ni se llamaba Isabel, ni nació en Buckingham, ni nació como heredera al trono de Inglaterra. En realidad, su nombre era Elizabeth Alexandra Mary y su apellido, Windsor, aunque para su familia era Lilibet, un apodo que se inventó ella misma de muy pequeña cuando no podía pronunciar su nombre. Nació en Londres, en la calle Bruton, en la mansión que tenían sus abuelos paternos, los Bowles-Lyon, y su infancia transcurrió en 145 Piccadilly, una imponente casa de varios pisos que fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando nació, en 1926, su padre, Bertie para los suyos, era simplemente duque de York, segundo hijo varón de los Reyes Jorge V y María, y segundo en la línea de la sucesión a la corona. Dado que por entonces todo hacía pensar que David, el príncipe de Gales, se casaría y tendría descendencia, la vida de Isabel podría haber sido fácilmente anodina y prácticamente anónima, lo que seguramente a ella le hubiera gustado más.

Sin embargo, su tío David se enamoró hasta el tuétano de Wallis Simpson, una americana dos veces divorciada, renunció al trono por ella y Bertie subió al trono contra su voluntad. Con tan sólo diez años, Isabel se convirtió en heir pressumptive, la presunta heredera. Un poco más tarde, cuando quedó claro que sus padres, Jorge VI y Elizabeth, no iban a tener más hijos y, por lo tanto, quedó descartado el nacimiento de un heredero varón, Isabel pasó a heir apparent, la heredera aparente.

La historia quiso que aquella niña disciplinada y seria —“con un aire de autoridad y reflexión asombrosos para una chiquilla tan pequeña”, diría Winston Churchill de ella— subiera al trono con tan sólo veinticinco años y se convirtiera, “por la gracia de Dios”, como dicen los británicos, en Reina de Gran Bretaña, Irlanda y los Dominios británicos más allá de los mares, defensora de la fe. Cuando el Imperio Británico se disolvió y fue substituido por la Commonwealth, a la larga lista de títulos se le añadió el de “Jefa de la Commonwealth”, lo que, en términos prácticos, significaba que, aparte de Reina del Reino Unido, Isabel era también soberana de otros quince países, incluidos Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

Su verdadero legado

Muchos dirán que su longevidad en el trono es lo más destacable de su reinado, pero es una manera pobre de verlo. Su verdadero gran legado es haberse mantenido intacta en el trono mientras todo a su alrededor cambiaba a un ritmo vertiginoso, haber demostrado que algo como la monarquía, una institución que parece destinada a caer en el olvido por obsoleta, puede sobrevivir y adaptarse a situaciones nuevas y altamente complejas. Isabel creó el manual de lo que significa ser Reina en el siglo XXI, aunque el proceso fue lento y mucho más difícil de lo que nos pensamos.

En los últimos años de vida, Isabel II disfrutó de una imagen impoluta y muy querida: proyectaba una gran solemnidad y seguridad, aunque con los años fue ganando en dulzura. Allá donde iba era recibida por cariño y, para muchos en el Reino Unido, ella era un auténtico tesoro nacional, la abuela más apreciada del país y la personificación de los mejores valores de Inglaterra. Pero no siempre fue así, ni mucho menos. Al subir al trono era vista como una muchachita ingenua y, ya en los sesenta, tuvo que aguantar que la tildaran de priggish, algo así como mojigata y cateta. Su disciplina, cierta frialdad e incapacidad para cambiar de peinado hicieron que se la tratara durante décadas con un condescendiente desdén. Hizo falta un gran esfuerzo de Relaciones Públicas para recuperar el prestigio perdido. Gracias a las mejoras internas y la modernización de usos y costumbres, Isabel capitaneó el mayor cambio del funcionamiento de la monarquía en siglos. A veces de motu propio, otras forzada por las circunstancias, la Reina impuso nuevas maneras de hacer que hubiesen sido impensables en el reinado de su padre, ya no digamos en el de su abuelo.

Un gran sentido del deber

También tenía un tesón encomiable y una gran fortaleza de espíritu —movida por un sentido del deber incólume y también un gran fervor religioso—, lo que le permitió darse cuenta de que, si quería sobrevivir, tenía que adaptarse. Los cambios más radicales se produjeron a partir de la década de los noventa. Hasta esa fecha, todo seguía un protocolo tan casposo que los actos de la Reina acabaron siendo somnolientos. Pero en 1997 todo saltó por los aires: la muerte de la princesa Diana de Gales en un accidente de coche en París y la pésima reacción de la Casa Real los días siguientes hicieron que el público atacara a la Reina con una fuerza visceral y sin precedentes. Aquel fatídico error hizo que los fundamentos de la monarquía se tambaleasen con tal fuerza que muchos temieron por la supervivencia de la institución.

Isabel no se amedrentó. A pesar de que ya tenía más de setenta años y que algunos le recomendaron que esperara a que el temporal amainase, la soberana consiguió seguir adelante y, al final, resurgió con aún más fuerza. En los últimos meses, sus popularidad era del 72%, un nivel de admiración y lealtad con el que prácticamente ningún político podía ni siquiera soñar.

Sencilla

Como más cómoda iba no era con tiara y trajes de gala, sino con falda de tweet, un loden y un pañuelo de Hermès en la cabeza. De hecho, le interesaba tan poco la moda que no decidía lo que tenía que ponerse y dejaba que sus dressers y, sobre todo, Angela Kelly, su personal assistant y una de las pocas amigas que tenía, decidieran lo que iba a llevar. Eso sí, cuando tenía que ir a los grandes eventos de estado, insistía en ir vestida a la altura del cargo, y para ello podía escoger entre cuarenta tiaras distintas y más de trescientas piezas de joyería, entre las que se incluían cuarenta y seis collares de gran gala.

Tampoco era una mujer muy dada a comer en plan delicatessen y, según Darren McGrady, un antiguo chef de palacio, la Reina solía comer platos ligeros, como pescado con verduras —le encantaba el lenguado de Dover—. Apenas probaba el arroz o las patatas, no solía probar el vino y no bebía cerveza. Se ha rumoreado hasta la saciedad que desayunaba Kellog’s y que los hacía guardar en tupperwares y con el tiempo se ha sabido que era verdad. También se sabía que su comida favorita era la hora del té y que tomaba cada tarde, puntualmente, una taza de Earl Grey, acompañada habitualmente de un trozo de tarta de chocolate.

La Reina era una criatura de hábitos, le encantaban las tradiciones y era prudente por naturaleza, lo que tenía un reflejo en sus ideas políticas. Isabel II siguió a rajatabla su obligación de neutralidad y siempre recordaba que The Crown is above politics, la Corona está por encima de la política, en el sentido de que los políticos van y vienen, pero la monarquía permanece y representa a todo el país, no sólo a una facción ideológica. Esto no quería decir que no tuviera ideas políticas: las tenía y muy fuertes. Se sabe que era una gran defensora de la Commonwealth y que maniobró para que el Reino Unido sancionara a Sudáfrica por el Apartheid. También es conocido que fue una gran amiga personal de Nelson Mandela y que éste la llamaba en privado Lizzie, algo que nadie más ha hecho. En cambio, Isabel nunca vio con excesivos buenos ojos a la Unión Europea.

Isabel mantuvo una relación cordial con todos sus primeros ministros, pero con el tiempo ha trascendido que con algunos se llevaba mejor que con otros. El primero —y, sin duda, su favorito— era Winston Churchill, el cual la trataba con cierta condescendencia, más como una nieta a la que educar que una soberana a la que reverenciar. Con Margaret Thatcher la relación fue tensa y desconfiada. No hay duda de que no se aguantaban e incluso la Reina se llegó a saltar su tradicional discreción e hizo filtrar que no aprobaba muchas de las medidas que la Dama de Hierro estaba poniendo en marcha al considerarlas excesivamente agresivas y contrarias al bienestar de la clase obrera. Con Tony Blair tampoco hubo una especial sintonía.

La tragedia de Diana

Con su propia familia su relación fue más complicada y, seguramente, fue en este departamento donde más disgustos tuvo en la vida. Isabel estuvo muy unida a sus padres y a su hermana, la princesa Margarita, pero entre las hermanas había bastante envidia y Margarita creció siendo una persona un tanto malcriada. Se enamoró hasta el tuétano de Peter Townsend, un hombre divorciado, al que tuvo que dejar porque la moral de la época era tan conservadora que resultaba impensable que la hija de un Rey se casara por lo civil. Nunca lo superaría.

Con sus hijos el balance es un desastre. Isabel tuvo cuatro: Carlos, Ana, Andrés y Eduardo. De todos ellos, sólo el pequeño no se ha divorciado y sigue felizmente casado (Sophie Rhys-Jones, su esposa, era la nuera favorita de la Reina). Con Carlos la relación fue pésima desde el principio: él era un niño muy sensible que hubiera necesitado mucho apoyo, pero no lo encontró en su madre, la cual estaba demasiado ocupada con sus tareas de Estado. Para compensar su vacío interior, se refugió en los brazos de una mujer que el establishment no aprobaba (Camila Parker Bowles), aunque al final lo obligaron a casarse con Diana Spencer, una adolescente que sufrió lo indecible en Buckingham. Acabó convirtiéndose en la verdadera estrella de la familia, pero su divorcio también torpedeó los cimientos de la institución. Cuando murió en un túnel de París, a los treinta y seis años de edad, todo el mundo la lloró. Isabel estaba descolocada y no supo reaccionar a tiempo. Su falta de reflejos le costaría muy cara.

Pasados los peores momentos, en los últimos años Isabel se volcó en la nueva generación de la familia real, sobre todo en Guillermo y Enrique, a los que quiso con locura y con los que estuvo en contacto hasta el último momento.

Ahora ellos son el futuro. Los que tendrán que seguir sus pasos. Los que tendrán que mantener a flote una monarquía que su abuela salvó una y otra vez.

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