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Relato de Viajes Viaje en moto: de Santander a Popayán

 

 

 

Antes del viaje

El sol se posaba en lo más alto, era el medio día me preparé y sal9í de mi casa, llevaba mi maleta de mano y mi morral a la espalda. Camine 5 cuadras para poder llegar al paradero donde pasaba la buseta, el cual me dejaría en el sitio acordado con mi amigo en Santander de Quilichao, tardo 15 minutos en pasar. Aproveche el tiempo y platique con un hombre mayor que también necesitaba esa misma ruta, que lo dejaría en todo el crucero de Candelaria. Al subirme empecé a notar mucho más las condiciones actuales en las que nos tiene a todos la pandemia, tanto así que el conductor nos hizo llenar una planilla donde debíamos poner la hora de subida y el número de cédula.

 

Me demoré una hora y media en llegar a Santander, me bajé al frente de una discoteca muy conocida en ese municipio, Keops o como pude identificar marcado en el letrero gigante de una estructura de 3 pisos. Espere tan solo 5 minutos en una esquina, pero la mayoría de personas que cruzaban me miraban un tanto curiosos, por saber quién era la persona que usaba el tapabocas (una boca con labios pintados como estampado).

 

Mi amigo con quién desafortunadamente tuve una pelea después del viaje, no nombrare aquí, pero para propósitos de caracterizar a la persona, diremos que es blanco con 1.65 m de altura, de no más de 23 años, un tanto guapo y picaron al cual me referiré como “él” de aquí en adelante en este relato.

 

Él me recogió en su moto Yamaha 2016 de color azul, muy grande para mí, pero aún así fue amable y me dijo que fuéramos hasta su casa para recoger su maleta. Ya me había subido varias veces a motos grandes en mi vida, pero no en un trayecto tan largo (2 o más horas de viaje).

 

Al llegar a su casa, que no estaba sino a unas cuantas cuadras de donde él me recogió, me dijo que le esperara unos minutos mientras el empacaba en su maletín sus cosas, así que aproveche ese tiempo para responder varios mensajes de WhatsApp, que necesitaba responder con urgencia, pero use eso como excusa para ocultar mi nerviosismo. Su madre salió de uno de los cuartos y muy amable se presentó. Me dio jugo de mango, muy delicioso y perfecto en azúcar para mis gustos y creo resulto muy bueno para calmar mis nervios, lo más lejos que había viajado en moto había sido 8 kilómetros de mi pueblo al corregimiento donde queda mi colegio, del cual me gradué por allá en el año 2016.

 

En 15 minutos estaba montada en la moto, amarrada a mi maleta y esta amarrada de forma artesanal en la parte trasera. Él me puso mi chaqueta y el casco, se subió y le pidió a su madre que nos empujara para bajar la moto de la posición estática en la que estaba la motocicleta. Cuando arrancamos, pensé: “Que carajos estoy haciendo”. Ya que múltiples veces mi abuela, madre y padre me habían dicho, no te subas a una moto de una persona, de la cual no estés segura de su experiencia al conducir, aun así, ahí estaba haciendo todo lo contrario de lo que se me decía no hiciera, creo que eso es parte de ser joven y tener experiencias nuevas, lo que siempre he descrito como vivir.

 

Mi dilema: ¿disfrutar el viaje o no?

 

A la salida de Santander, me comenta muy tranquilamente él como otra moto hizo que se accidentará al pie de un riachuelo, la moto se dio un golpe tan duro, qué se dañaron dos partes costosas del aparato. En mi interior decía, como carajos se le ocurre a él contarme eso, por los nervios que tenía encima lo que creaba es peor, pero me hizo sentirme satisfecha ya que pensé disimulaba muy bien los nervios.

 

Le dije muy tranquilamente que antes de subirme a la buseta “Transyumbo”, de mi pueblo a Santander, me había tomado un “mareol” porque dado lo débil que soy para los viajes, sabía que no iba aguantar sin marearme ese corto trayecto y que por el consumo de ese medicamento yo ya tenía un poco de sueño. A lo que muy tranquilo me dijo: que peligroso eso, y no agrego nada más siguió como si nada.

 

Salimos del municipio a eso de las 1:15 pm, nos enfrentarnos a zonas un tanto menos urbanas y de “pinta” más rural; mis pensamientos inmediatamente se devolvieron a los viajes que he tenido en automóvil por las carreteras de mi país, donde es inmediato el proceso de identificación de la pobreza, precariedad, inocencia y amabilidad de las gentes fuera de sus casas, como también la realidad de lo difícil de la vida de la gente en el norte del Cauca, y como los diferentes acontecimientos han forjado en mi una mirada llena de evidencia del conflicto por doquier. Santander, todos los pueblos y veredas antes de llegar a Popayán y que están al pie de la panamericana, solo los escuche (antes de estudiar en la Universidad del Cauca) en los noticieros con noticias sobre el conflicto armado, algunos nombres no hacen más de 5 años y otros por allá cuando apenas aprendía a leer.

 

Dejando a un lado esta nostalgia, no podía apartar de mi pensamiento el porque estaba haciendo ese viaje que ya muchas veces había hecho en buseta, pero que, en este caso específico, mis ojos me permitieron ver una ruta llena de colores, olores e imágenes con paisajes que no había detallado lo suficiente, además de no poder negar un sentir en mi pecho que me decía que con el amigo que viajaba las cosas no terminarían tan bien después.

En cuestión de minutos recorrimos los 18 kilómetros hasta Mondomo, pasamos por casitas muy pintorescas y reflexione, el vivir al lado de la carretera significa un estilo de vida totalmente diferente al habitual, para los viajeros son segundos y para los nativos del lugar son años de vida que se desarrollan al frente de los miles de viajeros que pasan al frente de sus hogares.

 

Se empezó hacer notorio el cambio de clima, no era muy drástico, pero era obvio, el clima cálido junto con la cultura Valluna estaba quedado atrás, el clima nos permitía mirar más cultivos en las montañas y sentirnos más frescos.

 

15 Kilómetros más adelante pasamos por Pescador y se me hizo inevitable pensar en todos esos lugares llenos de música y luces, que en últimas eran lo que mucha gente les dice “rumbeaderos” pero estos al pie de la carretera deben ser, sentirse y verse diferentes, sus gentes o clientes regulares deben ser más fugaces como todo lugar debe ser una especie de escape de la cotidianidad de la monotonía a la cual los seres humanos nos hemos acostumbrado, ya sea aquí en el Cauca o en cualquier parte del mundo.

 

Decidí no escuchar nada durante el viaje, no me puse mis audífonos de costumbre como hago en todo viaje que preparo, hasta suelo escoger muy bien “el playlist”, pero este no fue el caso. Me pareció magnifica la idea de escuchar los ruidos de la carretera, lo cual al final resulto siendo contradictorio dado mi estado de preocupación y adrenalina combinados a este punto del viaje. En la motocicleta azul con él, sorteamos y adelantamos buses, camiones, tarro tanques, mulas y diferentes vehículos que en cuestión de segundos pudieron aplastarnos, pero no lo hicieron con suerte. Reitero mi gran preocupación y poca confianza que tenía en él, esto debió ser una señal para entender que sucedería después de este viaje fugaz.

 

Eran alrededor de las 2 pm, estábamos ya llegando al pedaje de Tunia, pasamos zigzagueando en medio de camiones para pasar el peaje, en estos momentos mi tenaz miedo era mucho cuando realizábamos tales maniobras; un gesto que hice para expresar mi susto fue que en repetidas ocasiones jalé su chaqueta de los costados.

 

Luego, al pasar por Tunia no pude dejar de pensar que bello es vivir en un pueblo pequeño, donde la mayoría de personas se conocen, ya que yo soy nativa de uno un poco grande más grande con 57.000 habitantes, pero igualmente acogedor para vivir lejos de las preocupaciones de las grandes ciudades.

 

El tiempo para mí pasaba volando, pero en mi cabeza solo iba pensando en la necesidad de llegar a casa, descansar y poder estar lista para una pequeña reunión por meet. Ya casi siendo las 3 pm pasamos por Piendamó, justo en ese momento recordé que una vez comí en el restaurante que queda justo al otro lado de la vía, al frente de la bomba que esta en el corazón del municipio, y mi estomago se unió al recuerdo de mis neuronas y me aviso que era hora de alimentarlo.

 

En cuestión de minutos llegamos a los letreros y casas fincas al pie de la panamericana que nos avisaban que estábamos entrando a la ciudad de Popayán,  recuerdo muy bien sentir algo de tranquilidad el saber que me iba a bajar ya casi de ese trasto, me dolía todo el cuerpo, en especial mis glúteos, de verdad no sé como la gente hace para encantarle viajar en moto, entiendo que se llega más rápido, que es económico y eso, pero no entiendo porque me privaría de un asiento más cómodo en un bus, de seguridad, tranquilidad y tiempo de descanso por conducir o ser parrillero en una motocicleta que es muy incómoda. Algo dentro de mí no se sentía a gusto en esa moto y rogaba porque me bajará, estirará mi cuerpo y articulaciones de las piernas, además de mí estomago decir a gritos aliméntame.

 

Mientras desarrollaba mis pensamientos, mi acompañante empezó a cantar una canción, y ahí fue que me di cuenta que él si había usado los audífonos y su música del celular para acompañar su viaje.

 

En menos de 10 minutos atravesábamos la panamericana por todo el norte de la ciudad, esperamos segundos en semáforos, volteamos en las esquinas y llegamos finalmente a la casa donde arriendo en Popayán.

 

 

Después del viaje

 

Al llegar al frente de la casa, al bajarme no me percate que estaba amarrada a mi maleta y casi me llevo conmigo la moto al suelo, en medio de peripecias con él, terminamos bajándonos de forma segura de la moto, desabrochándome la maleta, abrí la puerta, lo invite a pasar y entramos a mi cuarto, ahí nos estiramos un poco nuestros cuerpos entumecidos, nos sacamos las chaquetas de encima y de paso saco algunas cosas que había puesto en su maletín para poder aligerar el peso de mi maleta a la hora de amárrala a la moto. Acto seguido, él me dijo que debía partir para realizar sus diligencias, a lo que yo le dije que pediría mi almuerzo, agradecí y le dije que volviera después de hacer sus vueltas, él estuvo de acuerdo.

 

Pedí un Pio pio a domicilio, muy costoso para mis gustos de corrientazo de galería, pero mi estomago lo agradeció. Para no hacer más larga esta historia, él y yo hablamos el tema de que no era correcto que en estos momentos de nuestras vidas nos demos la oportunidad de conocernos, ya que, ambos salíamos de relaciones tormentosas, lo que yo entendí como una excusa para evitar decirme que no sentía atracción alguna por mí. De nuevo como en la mayoría de mis viajes recordé los consejos de mi abuela y mi madre, no le creas nunca a un hombre, en cuestiones del amor.

 

Posiblemente, después de este viaje en moto me anime a viajar, pero no con una persona que no le tenga la suficiente confianza y mucho menos alguien con quien sepa que no estoy segura de disfrutar un viaje.

 

Sí, si quede con ganas de viajar y recorrer más rutas que han sido casi siempre cotidianas en mi vida, me encantaría visitar sitios al pie de la carretera para comer, charlar y conocer nuevas personas, nuevos contextos, quiero adentrarme a conocer más de las venas de mi región, de mi país, las vías que han movilizado a millones de personas de todos los estratos, de todos los orígenes y con un sinfín de propósitos.

 

Viajar, después de esta experiencia es para mí ahora una de las más satisfactorias y enriquecedoras experiencias que los jóvenes como yo, pueden tener para conocer, deleitarse y aterrizar en las realidades que acongojan a las bellas gentes de mi país. Solo Dios sabe como será mi siguiente aventura en la carretera, pero espero sea plena, placentera y me permita aprender más de la realidad social y el amor.

 

 

 

COLUMNISTA INVITADA

Yamile Estefany Arana Cordoba

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