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¿Somos una sociedad hipócrita, farisaica, doble moralista, que queremos cambios en ella, pero no intentamos cambios como individuos?

¿Podemos entender y comprender a un gran sector de nuestra sociedad colombiana que, a estas alturas, con tanta evidencia documental y testimonial, sea cómplice de la mentira, del engaño, la trampa, la corrupción, del crimen y que además haya perdido su capacidad de asombro, su sensibilidad humana, social ante el dolor ajeno, la injusticia y la barbarie?

Tanta sangre derramada de inocentes, tantos sueños truncados de colombianos y colombianas como mis hijos, los suyos, tanta sevicia, tanta crueldad, salvajismo explícito e inhumanidad manifiesta, recordemos los falsos positivos, el dolor de las madres de Soacha, sin embargo lo que más duele y asombra, es la impunidad, con la complicidad de un estado evasivo, morrongo e indiferente

¿Será que 60 años de violencia guerrillera, paramilitar, delincuencia común  y estatal nos ha vuelto una sociedad negada, individualista, que se vio obligada a enconcharse, además de proteger, por natura, su núcleo familiar, a poner en duda la inocencia y la presunción de nuestros vecinos e incluso de nuestros familiares?

Todos sabemos que tenemos un país político, podrido, rufián, bandido, elegido por la gran mayoría, sabiendo que son forajidos, malhechores, facinerosos y conocedores cómplices de sus andanzas, bellaquerías, legitimando su inmundicia. El país nacional, el de los gobernados, el de la jungla de la subsistencia, el de a pie, el del carro, el que tiene la ilusión, el del ciudadano de bien y de mal, todos los conocemos y los reconocemos, sin embargo, a pesar de todo ello, los cambios son anodinos, triviales, ¿será porque en el fondo crecimos con la mentira, el engaño, la trampa?

Oímos con atención y esperanza la retórica de la anticorrupción, abogamos por la ética, los valores, la honestidad, la transparencia, pero, ¿tenemos la suficiente moral ciudadana, para señalar, juzgar y condenar al otro cuando nos da temor y miedo la verdad?

Y no vengan con el cuento poco creíble de que son impolutos, sin tacha, límpidos, puros, los invito a realizar una introspección, para que revisen retrospectivamente sus actos durante toda su vida, seguramente hallarán conductas inapropiadas, injusticia, infundio y mendacidad.

Acaso cuando cometemos una falta que poder ser calificada como censurable, e incluso bordeando un delito, penal, civil, laboral, etc.¿no buscamos alguna “palanca” para que nos ayude a salir de ese embrollo?, los que tienen dinero, dicen las malas lenguas, que hasta la justicia compran.

Una pregunta para quienes declaran renta. ¿Cuándo contratan a un contador para que les haga la declaración, les han insinuado que traten de acomodarla para eludir y evadir impuestos, o es ciencia ficción? ¿Quiénes no han mentido o simulado estar enfermos para evadir algunas responsabilidades laborales, académicas, sociales, etc?

Levanten la mano quienes no hayan tratado de interceder por alguien de su familia o un amigo para obtener a un cupo en un colegio, una universidad, un empleo, conseguir un documento, hacer un trámite, etc. Lo ideal sería que esas pretensiones deberían darse por méritos y derechos propios, ¿o no?

¿Somos una sociedad hipócrita, farisaica, doble moralista, que queremos cambios en ella, pero no intentamos cambios como individuos?

Conciudadano, quizás usted haga parte de esa muchedumbre pecadora, permisiva, condescendiente, que describo en el párrafo anterior, pero si jura y come mocos que no es uno de esa chusma, relájese, no lo tome tan a pecho, pero, si se enoja tómese una agüita de valeriana, que cuando abandone este mundo terrenal, entrará como por entre un tubo al reino de los cielos.

Ahora, como un propósito complementario a su vida ciudadana inmaculada, en un acto de doncellez podría calificar a ser sacerdote, monjita o papa, la sociedad está ávida de personas como usted, pero tanto usted como yo, sabemos también que ese es un mundo de gente non sancta, que han hecho de todo para llegar a ser lo que son, en el nombre de Dios.

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